COMPRANDO E TKTS


Hace algunos días estuve navegando por internet, en busca de las mejores tarifas para un vuelo Nueva York - Bangkok - Nueva York.

Lo que primero suelo hacer es buscar las tarifas a través de KAYAK.com, normalmente encuentro muy buenas tarifas en esta página que me remite a otras: a veces directamente a las aerolíneas, a veces a otras agencias.

Esta vez no encontré la mejor tarifa ahí, entonces la busqué en AIRFARE.com, que resultó ser una muy buena página. El único problema para los colombianos, es que no recibe tarjetas de crédito de nuestro país, ni de algunos otros latinoamericanos. Las tarifas, en esta ocasión fueron las mejores.

Con los tiquetes electrónicos expedidos, fui a CHECKMYTRIP.com, en donde puedo ver mi reserva utilizando el código Amadeus, ver los numeros de mis e-tickets, tener información sobre los vuelos (duración, cantidad de millas que se abonan, etc...), información de los aeropuertos de tránsito, etc...resultó ser una herramienta muy útil, que me permito recomendar a los viajeros.

EL "STYROFOAM"



No sé cómo decirlo en español, pero sí sé decirlo en colombiano: Icopor.

Todos reconocemos la imágen, todos hemos tenido en nuestras manos esas láminas con esa porosa textura, hemos jugado con las bolitas que de ella se desprenden, es más: hemos visto cómo en los almacenes lo utilizan para imitar la nieve en navidad, o para proteger los electrodomésticos salidos de fábrica. Quién no ha estado en un asado en donde le hayan servido una gaseosa en un vaso de "ese material".

Hace algunos días descubrí que el Icopor no es una palabra descriptiva, sino una marca que debe su nombre a la Industria Colombiana de Porosos. Algo así como el Pega Stic, que es pegante en barra, pero que la gente conoce como Pega Stic, cualquiera que sea su marca.

Bueno, investigando un poco, y partiendo de que en inglés lo que yo conozco como icopor, se llama "Styrofoam", encontré las palabras para describir ese material, en otros países de iberoamérica. En verdad, la expresión correcta es poliestireno expandido; sin embargo, es muy dificil de aprender y algo largo para mi gusto; no me imagino en una tienda en México, o en Perú pidiendo vasos de poliestireno expandido (que por lo cierto no son eco-friendly, dañan el medio ambiente, pues no se degradan).

Por todo lo anterior, he decidido publicar este pequeño diccionario que a los viajeros les puede resultar de utilidad cuando vayan en busca de poliestireno expandido:

Argentina: Telgopor ó Tergopol
Chile: Plumavid
Colombia: Icopor
Costa Rica: Estereofón
Ecuador: Espuma Flex
España: Poliespan
Guatemala: Duroport
México: Unicel o Hielo Seco
Perú: Tecnopor
Uruguay: Espuma Plast
U.S.A: Styrofoam
Venezuela: Anime

LA MEZQUITA DEL SEXTO PISO


Por: Sergio Held Otero

En pleno corazón de Bogotá, en donde los comerciantes venden desde perfumes hasta veneno para ratas, ahí, en San Victorino, a pocas cuadras de la Alcaldía de Bogotá, en la carrera novena con calle once, se levanta un viejo edificio que cualquier desprevenido tildaría de abandonado; sin embargo un portero en su entrada, que se sienta justo mirando hacia una pescadería – que también parece abandonada -, indica lo contrario. El edificio tan viejo como es, no cuenta con ascensores, al entrar unas escalinatas en piedra dan la bienvenida a los visitantes que deben comenzar el ascenso. Tenebrosas puertas que esconden secretos guardados por quién sabe cuántos años se muestran en el recorrido. 1,2,3,4,5 pisos de oscuridad, acompañados de una baranda roja y un rayo de luz del sol que se cuela por unas rendijas. En el sexto piso un letrero adornado con una media luna y una mezquita con caracteres árabes verdes, y luego en español, le avisa a los despistados en dónde están parados: es la Asociación Benéfica Islámica, fundada en 1979, o mejor aún, es la Mezquita del sexto piso.
Un rancio olor invade el tenue ambiente. Debe ser la humedad del tapete. Un estante a mano derecha guarda los zapatos de todos los que quieran entrar al sagrado templo del islam. Al fondo, una sala de espera con asientos en cuero son el preámbulo de lo que hay más atrás. Las paredes se cubren con fotos de La Meca y oraciones en árabe. Las paredes en madera y su clásico estilo dan fe de la fecha de fundación que aparece en la entrada.
Tras una puerta aparece Ahmatael, un señor ya entrado en años, con una larga barba blanca y chaqueta negra de cuero hablando en un castellano bien elaborado, pero sin dejar de un lado un marcado acento árabe, saluda a los visitantes. “Sala Malekum!” dice con una sonrisa y esperando oír la misma frase de vuelta. Al no oírla, inspecciona a los visitantes con la mirada y se pone a su disposición preguntándoles en qué les puede servir. Cuando se entera que quienes lo visitan son simples curiosos, una nostalgia lo invade y su aspecto cambia, entonces comienza a contar su historia, que no es otra que la de la Mezquita del sexto piso.
Con la voz quebrada y cansada por tanto luchar en una tierra tan lejana a la suya, recuerda su infancia en Siria y cómo y por qué terminó en Colombia. Era el año de 1989 y el Ministerio de Asuntos Religiosos de Kuwait, en un intento por extender la cultura y religión musulmana ya había establecido desde 1979 la Asociación Benéfica Musulmana, en el centro de la capital colombiana. Ahmatael fue la persona designada para extender esa cultura islámica en Bogotá a través de la mezquita. Al comienzo, organizar el templo no fue tan complejo, pero lo problemas para la mezquita y para Ahmatael aparecieron cuando en agosto de 1990 Sadam Hussein invadió Kuwait, y acabó con todas sus instituciones gubernamentales, y entre ellas el Ministerio de Asuntos Religiosos, del que dependían Ahmatael, y su mezquita del sexto piso de un viejo edificio en el centro de Bogotá.
Mientras Ahmatael narra su historia, caminado por una ancha sala de la mezquita, en la que sólo están de pie él, y unas pocas columnas que sostienen el viejo edificio, los feligreses comienzan a llegar para la oración de la una de la tarde, como todos los viernes acostumbran hacerlo. Una pared divide el salón en dos: en un lado solas estarán las mujeres rezándole a Alá, - envueltas en túnicas y pañolones dispuestos en percheros a la entrada - escuchando las enseñanzas de Mahoma, y en el otro, estarán los hombres, que de rodillas inclinados sobre tapetes persas orientados en dirección a la Meca seguirán el sermón de Ahmatael, quien desde un podio rodeado de arcos de concreto y en cuyas paredes se leen letreros hechos en computador que dicen frases como “la pureza es la mitad de la fe – dichos del poeta Muhammad, la paz sea con él”, dirigirá la fe de los más de 100 creyentes que se acercan a la Mezquita todos los viernes y entre cuyas nacionalidades se cuentan, además de colombianos convertidos a la fe musulmana, palestinos, sirios, chilenos y libaneses.
Ahmatael quedó abandonado a su suerte por culpa de la guerra de Kuwait, y con él quedó sólo la Asociación Benéfica Islámica y la mezquita a la que parece que nunca le ha pasado el tiempo por encima, pues quedó enquistada en los años de su construcción. Pese a las dificultades, y gracias a las contribuciones de la pequeña comunidad musulmana que Ahmatael estima en unas mil personas en Bogotá, pero de las que sólo unas cien se acercan al templo a orar, la mezquita ha sobrevivido. Según Ahmatael, los únicos costos que tiene son los de administración, energía y aseo, y con su trabajo como corresponsal de una cadena de televisión francesa y sus aportes intelectuales a un think tank ha logrado sostener ese sexto piso que se levantó hace unas décadas en el centro de Bogotá y que sigue buscando que cada día más y más feligreses acudan a él para cumplir con la misión que algún tiempo atrás, anterior a las guerras, un Ministerio delegó en un sirio llamado Ahmatael.

LOS TRES DEL TARRA

El olor impregnante a sudor que traían las camisetas de los 3 jóvenes, hacía que los desprevenidos transeúntes caminaran por la acera opuesta. Habían transcurrido dos días de travesía desde aquella lejana vereda de Bolivar hasta que Julián, David y “El Nene” habían logrado llegar a la tranquilidad de Cartagena, lejos de aquella vereda que a esta hora olía a sangre y a muerte, y en donde los únicos sobrevivientes de la masacre del Tarra – 124 en total -, habían salido despavoridos, dejando atrás a un pueblo muerto y fantasmal, para buscar algo de ayuda en las calles de Cartagena.
- Ya deja de chillar como una pelada – le dice Julián al Nene, -mira que ya llegamos y tenemos que buscar a los demás, si sigues chillando, más rápido te vas a secar –
Y es que los paramilitares que cometieron la masacre no le dieron tiempo a nadie para escapar. Julián, David y “El Nene” regreseban a la vereda de una explayada, luego de haberse echado un picadito en la explayada que queda a cinco minutos de la vereda de “El Tarra”. Sólo sintieron una explosión que los puso a correr olvidando el balón, para buscar refugio en unos matorrales. 37 miembros del bloque Rafael Uribe Uribe de las Autodefensas al mando de “Piraña” estaban en el Tarra cazando guerrilleros, sólo había dos opciones: esconderse o morir. Los tres jóvenes cayeron dentro de unos matorrales, y sólo pocos pasos veían cómo los paras iban abriendo casas, con lista en mano, sacaban a sus víctimas y les metían un tiro en la nuca. Ahí quedaron tirados como perros botando sangre. – ¡Pero si ese man es Elías! musitaba David desde el escondite -, otro disparo y ese señor que todos los domingos jugaba dominó desde su asoleadora, ya no era más que un bulto de huesos y carne que se empezaban a descomponer.
Aunque nunca habían estado en Cartagena, lo primero que hicieron los tres muchachos fue buscar la sombra de la muralla; sabían que la muralla existía y que según el profe Tobías había servido a la resistencia contra los españoles. Hoy la muralla de Cartagena servía para esconder del ardiente sol de las tres de la tarde a los sedientos muchachos. Dos días de caminata les empezaban a pasar la cuenta de cobro de las dos jornadas más intensas de sus vidas.
Para llegar al Tarra desde Cartagena, una persona con los medios idóneos, es decir, una camioneta y una canoa, se demora más de medio día. Pero ese no era el caso de los tres jóvenes futbolistas, que de un picadito de fútbol pasaron a ser testigos de una de las peores masacres a manos de los paramilitares en Bolivar.
Como la puerta del colegio no abría, “Piraña” ordenó tumbarla a punta de metralla y granadas. El comandante del bloque Rafael Uribe Uribe buscaba con desespero al rector del colegio – “Ese hijueputa tiene que aparecer por algún lado” – refunfuñaba “Piraña”, -“Ese maricón está escondido ahí adentro, y nos tenemos que ir porque se nos está acabando el sol”. Sin decir mucho más ordenó sacara al rector a como diera lugar. Y es que del rector los tres jóvenes sí sabían que no era una perita en dulce., se la pasaba jodiendo con los libros de Marx y las columnas de un cachaco llamado Alfredo Molano. “Muy de izquierda el viejito” dice El Nene.
Sin tener idea de que el viejito se estaba escondiendo con 15 niños en el colegio, apenas volaron la puerta, “Piraña” y dos o quizá tres de sus subalternos abrieron fuego contra cualquier cosa que se moviera dentro del plantel. Tuvieron que pasar unos 4 largos minutos para que Piraña saliera del colegio gritando: “Hijueputas, hijueputas, matamos a todos esos pelaos, pero si será guevón el anciano de escudarse en los niños, hijueputa, hijueputa!” y corrió como loco por todo El Tarra.
Los tres jóvenes salieron despavoridos a buscar la ruta que el abuelo de Julián ya les había enseñado, en caso de que una cosa de estas pasara; la zona era caliente y si no había paras, había guerrilla, y cualquiera de los dos podía llegar al Tarra a masacrar a toda la vereda. Un pequeño y angosto camino, con una pronunciada bajada, los sacó a un claro luego de unos 8 minutos de caminata. En el claro buscaron el riachuelo que finalmente al amanecer, y picados por los zancudos, los llevó a la despavimentada principal. De ahí a la pavimentada les tomaría hasta el amanecer del día siguiente. Ya en la principal, lograron que un camión lleno de pollos los dejara en las entradas del barrio Manga, de donde caminaron hasta el centro de la ciudad, a buscar sombra ante el inclemente sol de esa tarde azul que se levantaba sobre La Heróica.
-“Que te digo que dejes de chillar, que si se escaparon, vendrán por la misma ruta, o hasta ya habrán llegado a algún lado” – Un turista alemán que caminaba por tercer día por Cartagena se les acercó, les sonrió con lástima, y pensando quizá que eran tres más de los que engrosan las cuentas de la pobreza, les alcanzó un billete de $10.000 . Los tres jóvenes, estupefactos con el inesperado gesto de quienes creyeron era un gringo se quebraron en llanto. David era el más grande de los tres, tenía 17 años, y se sintió responsable de administrar el dinero, lo primero que harían sería comprar refrescos y algo de comer, pues la sed los mataría y el hambre los remataría.
Adentrándose en las calles del corralito de piedra, los tres muchachos, cansados, con los pies ampollados y ya casi sin energía, lograron encontrar una pequeña tienda con un ventilador a toda máquina, y Radio Cartagena a todo volumen. Pidieron 3 botellas y de agua y tres carimañolas, ya sin entender ni por qué estaban en Cartagena y no en el Tarra, los muchachos se dejaron caer sobre las sillas plásticas de la tienda. “ ! Extra! Extra!”. La radio interrumpió la cumbia que sonaba, encendió sus micrófonos y comenzó a informar:
“Mucha atención, a esta hora un grupo de 121 personas, habitantes del Tarra se encuentra agrupado en la plaza de la aduana, clamando ayuda de las autoridades, parece que hace dos noches ocurrió una terrible masacre en la localidad del Tarra, departamento de Bolívar, y están llegando a Cartagena los sobrevivientes, esperen ampliación de esta información”.
El Nene se paró de la mesa y empezó a saltar por toda la tienda. “¡Están vivos, están vivos!” exclamaba. David le preguntó al señor detrás del mostrador de la tienda las indicaciones para llegar a la Plaza de la Aduana, y luego ayudó a Julián a que se reincorporara y tratara de caminar sobre sus ampollas.
A las 121 personas que había en la Plaza las conocían, algunos tenían sangre en las manos y en la ropa, y en la frente. David encontró a su mamá empapada en llanto, a su esposo, el padre ejemplar de David lo mató “Piraña” cortándolo por la mitad con una motosierra.
Julián encontró a sus hermanos, y esa misma noche llegaron a la Plaza sus papás, venían en otro grupo de sobrevivientes que había logrado escapar del Tarra.
El Nene no encontró a nadie. Con sólo 15 años de vida ya había perdido a toda su familia. La tragedia en Cartagena hasta ahora comenzaba, y miembros de la Fuerza Pública y la Cruz Roja Colombiana cerraron los accesos a la plaza para comenzar a atender y ayudar a los desplazados, 124 más que se suman a las listas oficiales, 124 más que dejaron en El Tarra a quienes en vida fueron sus amigos y familiares. 124 más que esta noche no tienen el techo propio bajo el cual dormir, buscando borrar de sus memorias la pesadilla vivida aquél 21 de septiembre de 2009.

LA CABEZA EN LLAMAS


Aunque tenía mucho dolor, ya estaba más tranquilo. Sabía que no me moriría ese día, pero empecé a pensar en la terrible posibilidad de perder un miembro o estar desfigurado, pues sentí que mi oreja estaba crunchy, y por curiosidad la cogí con mi mano izquierda que no estaba lesionada, y en mis dedos se quedó ese pedazo crocante de oreja con olor a quemado. Aterrado se me salían los ojos y un nudo en la garganta me empezaba a apretar, entonces le pregunté a mi hermano: “¿Estoy vuelto mierda, cierto?”, en verdad lo que le quería preguntar era si tenía la cara quemada, pero así como lo pregunté, él entendió. Me dijo: “No te preocupes Robert, no estás tan mal. De pronto hay complicaciones. Te tenemos que hacer un doppler para ver si alguna esquirla te dio en una arteria, o en algún órgano vital, después te vamos a operar”. Era una fortuna tener a mi hermano al lado apoyándome, pero el dolor era incansable.
Hacia tan sólo unos minutos había llegado a la clínica en donde un batallón de médicos me recibió, me trasladó a un cuarto y comenzaron a aplicar un protocolo para mí desconocido. Minutos más tarde apareció mi hermano. Él me había estado buscando en la Zona T, a raíz de una llamada de mi amiga Ximena; por fortuna mi hermano conocía al coordinador de desastres que era el jefe de la evacuación de la zona, y le dijo a que me habían llevado a la Reina Sofía, clínica en donde mi hermano trabaja como médico por jornadas enteras.
La última media hora de mi vida había sido desastrosa y yo apenas entendía que algo muy grave me había pasado. Para intentar comprender mejor por qué estaba en una sala blanca y fría y rodeado por médicos y enfermeras que no me querían dejar morir, intenté hacer un recuento de mi día.
El día había transcurrido en calma, después de dar clases de golf toda la mañana en el Country Club, un fuerte sentimiento de excitación me embargaba. Desde Cúcuta venía María Alejandra a pasar el fin de semana, y sobre todo a compartir conmigo, para poder conocernos mejor. Hacía unos meses nos habíamos conocido en un club de golf en Cúcuta y habíamos mantenido contacto desde esa primera vez, pues la química entre los dos había funcionado, y finalmente María Alejandra se había animado a venir a pasar un fin de semana conmigo en Bogotá, pues el amor de lejos, como dicen por ahí, es amor de cuatro y no funciona.
Como no teníamos una agenda ni planes ya arreglados, salimos a pasear por Bogotá, al fin y al cabo María Alejandra quería hacer compras y disfrutar un poco la ciudad; por eso, decidimos ir a la zona rosa, a los centros comerciales Andino y Atlantis, imponentes en el comercio capitalino. Después de pasear un poco por los centros comerciales, y ya entrada la noche decidimos que era hora de volver a comer, y por qué no, seguir tomando, finalmente era sábado y el combo de gente con la que estábamos así lo ameritaba, pues además de Maria Alejandra, estaba su hermana, el novio de ésta, y Ximena, otra amiga en común.
Decidimos entonces adentrarnos en la Zona T, un paseo peatonal lleno de bares y restaurantes, en donde todos los fines de semana comienza la rumba con pie derecho.
Luego de pasear como una media hora e intentar buscar un sitio para calentar motores, y ante la imposibilidad de hallarlo pues en ninguno cabía siquiera un arroz parado, decidimos abandonar la parte interna de la Zona T, y explorar el borde externo ubicado en la carrera 13 entre las calles 81 y 82, que también está llena de restaurantes, y por supuesto, como todos los sitios esa noche, de gente. Finalmente encontramos un sitio relativamente vacío: un pub llamado Palos de Moguer, pero precisamente por su ambiente, nos abstuvimos de entrar, no era el estilo de sitio que buscábamos para comenzar la noche. Pero al lado estaba el Bogotá Beer Company, lleno también, aunque valía la pena intentarlo, pues se hacía tarde, ya eran alrededor de las nueve de la noche, y el frío empezaba a calarnos los huesos, ¡y ni se diga el hambre! Aún sin que nos encantara la idea de tomar cerveza, decidimos aventurarnos, pues con un poco de suerte conseguiríamos un espacio para sentarnos y empezar bien la noche.
Yo debería estar tomando cerveza y comiendo grasa junto a Maria Alejandra y no con un pedazo de oreja en la mano y esperando que los resultados de un aparato tan extraño como su nombre le dieran luz verde a los médicos para operarme quién sabe qué y por qué. Mi hermano me acompañaba y el zumbido en mis oídos me desorientaba y me hacía sentir un desequilibrio de muerte.
A eso de las 9 de la noche la mesera en la entrada nos había advertido que había fila de espera, y que había 9 turnos por delante nuestro, para poder acceder a una mesita; mientras tanto podríamos esperar en la barra del segundo piso. Decidimos esperar, pues si seguíamos buscando, jamás encontraríamos un sitio para empezar la noche como queríamos. Pero bastó con llegar al segundo piso, en donde la música muy al estilo de ACDC, Police y U2 no nos dejaba hablar y el humo del cigarrillo de los otros clientes ni nos dejaba respirar, fue por eso que nuevamente decidimos buscar otro rumbo, ya no habría cerveza ni humo de cigarrillo, quizá terminaríamos en la casa de alguno, finalmente lo que queríamos era pasar un buen rato y a los 35 años un ya no está para esos trotes de universitarios. Entonces decidimos bajar, y apenas nos acercábamos a la salida, en la terraza del sitio vimos que desocupaban una mesa. Le rogamos a la mesera que nos la diera, pero ella no quería ceder ante nuestra insistencia, y nos advirtió que todavía estábamos de séptimos en la lista de espera. Pero no me rendí, con mi capacidad de convencimiento, no supe cómo hice y me gané el carisma de la mesera que nos coló siete turnos, sin que los demás se enteraran que nos atravesábamos por delante de ellos y que minutos después se nos acercaría la muerte que esa noche no los buscaba a ellos.
Finalmente conseguimos sentarnos en una pequeña mesa y cinco butacas en el pub estilo inglés. La mesa estaba cerca de la entrada y casi daba hacia la calle, sólo que entre nuestra mesa y la calle había otra mesa, que ya les contaré. Ya no teníamos el problema del humo de cigarrillo, pues afuera el aire frío circulaba muy bien, la música que salía desde adentro ya no era una molestia ni un impedimento para nuestra conversa, ni mucho menos para poder seguir acercándome a María Alejandra. Pedimos pues, una jarra de cerveza roja, la más suave creíamos, y para acompañarla, unas buffalo wings, que no me matan de la emoción por la cantidad de grasa que tienen, pero lo importante es que ya estábamos sentados cómodamente.
Como dije, entre nuestra mesa y la calle había otra. Había tres gringos, los recuerdo muy bien. Hablaban en inglés entre ellos, y no estaban solos. Tres mujeres los acompañaban, pero ellas sí eran colombianas, eran prepagos sin lugar a dudas, por la manera como vestían y se comportaban, de ellos jamás se hablaría en los medios ni se volvería a saber nada, quizá eran de la Embajada y quizá sólo quizá debieron haber quedado vueltos una mierda después de la explosión, pues me imagino que fueron los primeros en recibir el impacto, ¡y seguro lo habrán recibido de frente!
Luego de medio vaso de cerveza, era hora de ir al baño, el acostumbrado frío bogotano y tanto paseo habían alborotado los riñones. María Alejandra también quería ir al baño, así que fuimos juntos, y cuando volvimos a la mesa, sin darnos cuenta ni saber por qué, cambiamos de puestos, y yo quedé de espaldas a la calle y diagonal a una lámpara – calentador, María Alejandra quedó a mi izquierda; un insignificante detalle que la salvaría de quedar como un colador minutos más tarde, mientras yo recibiría el impacto más fuerte de la explosión de una granada que se consigue en el mercado negro bogotano por unos ochenta mil pesos o su equivalente a cuatros jarras de cerveza de donde estábamos sentados.
El dolor me agotaba y los calmantes me hacían perder la noción del tiempo y del espacio. Finalmente, después de mucho esperar habían llegado los resultados del doppler. No había arterias comprometidas ni órganos vitales con esquirlas, por lo que un equipo de enfermeros corrió con mi camilla hacia el quirófano, un lugar aún más frio, en donde el verde de los equipos y de las batas se mezclan con un blanco témpano que me terminan de quebrar los nervios; el olor a quemado comenzaba a ser reemplazado por el de los medicamentos que me suministraban y me aturdían la cabeza.
Entre risas y cerveza habían pasado algunos minutos luego de haber ido al baño. De repente, de la mesa que estaba detrás de la mía (pero que no era de la mesa de los gringos), se levantó una persona y empezó a correr; pero no serían más de dos metros porque se encontró con mi butaca y se fue de narices. De inmediato me volteé por mi derecha a mirarlo, pensando que se trataba de un borracho, eso me molestaba. Apenas quería quejarme y empecé la frase “estos borrach...” ¡PUM!, un ruido ensordecedor acompañado de un fogonazo naranja enceguecedor me dejaron aturdido, me levantaron del asiento y me hicieron volar contra el calentador de gas. Lo primero que pensé que había pasado era que el borracho al haberse tropezado con mi butaca había parado contra el otro calentador y lo había hecho explotar, pero de ahí a estar inmerso en un atentado terrorista de las FARC me faltaba mucha imaginación.
Apenas me reincorporé, busqué a mis amigos con los que estaba. Lo único que pude ver era todo el lugar en llamas, nuestra mesa seguía ahí tan campante, pero ya nadie estaba alrededor de ella. La gente gritaba y corría por todo el lugar. Sé porque después me enteré, que en ese momento yo tenía la cabeza en llamas, y mi suéter ya se había prendido con candela, y que Ximena, mi amiga había logrado extinguirme el fuego a punta de carterazos. Yo me incendié porque había caído debajo del calentador de gas que estaba botando candela. Eso no lo recuerdo, sólo sé que como pude me paré y empecé a correr hacia la salida, pero justo en donde quedan las materas de la terraza, a centímetros de la salida me caí sin saber por qué. Una pierna no reaccionaba y no me dejaba correr; en ese momento y guiado únicamente por mis instintos decidí arrastrarme por el andén hasta quedar debajo de una camioneta negra que estaba parqueada enfrente al pub. Debajo de la camioneta desfallecí y esperé aterrado viendo a tanta gente correr, oyendo los gritos de pánico de los transeúntes, y escuchando ya a lo lejos, el agudo ruido de las sirenas de los servicios de emergencias de Bogotá.
De de debajo de la camioneta me sacaron unas personas que no conocía, no eran rescatistas ni personas de los servicios de emergencias, eran buenos ciudadanos que vieron cómo yo yacía debajo de la camioneta sin comprender qué estaba pasando. De ahí, no sé entre cuantos, alzaron los 90 kilos que pesa mi cuerpo y me tendieron en la acera de enfrente que da contra el Centro Comercial Andino. Tendido en el piso y oyendo en la distancia las sirenas y los gritos, ensordecidos por un terrible zumbido que se me metió en los oídos desde que salí volando de mi butaca, traté de comprender qué había pasado y fue entonces cuando comprendí que el borracho no estaba borracho, sino que era una persona que corría para salvar su vida, y que algo nos había explotado encima. De repente apareció Ximena, intacta y con tan sólo algunos raspones. Me preguntó que como estaba y me dijo que habían lanzado unas granadas al local y que María Alejandra, la hermana y el novio estaban mal, todos menos ella estábamos mal, muy mal. Sacó del bolsillo de mi pantalón el celular y llamó a mi hermano que es médico, para avisarle que yo estaba malherido. No sé en qué momento aparecieron los paramédicos, dejé de ver a Ximena y en un momento ya estaba montado en una ambulancia. “¡Llévenme a la Reina Sofía, por favor, a la Reina Sofía!” le imploraba a los paramédicos. La clínica Reina Sofía queda a unas 50 cuadras de distancia del lugar del atentado, pero aún así les rogué que me llevaran a esa clínica, pues allí trabajan mi hermano y mi cuñada, y quería que ellos me ayudaran, por lo menos a entender lo que estaba pasando.
Afortunadamente los paramédicos me llevaron a la Reina Sofía. El camino fue tortuoso, pues la calle 85 no es asfaltada, sino adoquinada y cada metro que rodaba la ambulancia sobre el adoquín era una tortura para mi espalda. Fue entonces cuando, con el adoquín y al ver mi sangre y un hueso de mi brazo derecho, que comencé a sentir un terrible dolor en todo mi cuerpo.
Del recorrido en la ambulancia sólo sé que me empezaron a quitar la ropa, a limpiar algunas heridas y me pusieron un catéter intravenoso. El dolor no me dejaba mover, y un sentimiento de vértigo me invadía, haciéndome creer durante todo el recorrido que me caería de la camilla.
Según me contó mi hermano, la operación duró unas tres horas, es decir hasta el amanecer. También me dijo que me sacaron unas 300 esquirlas de todo el cuerpo. La pierna derecha, mi nalga derecha, mi espalda y mi brazo derecho. Me contó cómo metía el dedo entre los músculos y la piel, y lo contorsionaba como un garfio para quitarme las malditas esquirlas que se me habían clavado, luego de haber salido expedidas como un torpedo, de una granada lanzada contra nosotros por las FARC.
Sé que desperté a las 6 de la mañana en punto, pues el reloj enfrente a mi cama así lo indicaba. Mi hermano me dijo que la operación había salido bien, que tenía fractura en la pierna y en el brazo derechos, pues las esquirlas me habían astillado los huesos, y que había perdido un poco de músculo en el antebrazo. Como las esquirlas queman la piel, no me habían podido coser ni tapar las heridas, encima mío sólo había una sábana que tapaba la crudeza de mi piel y de lo que hay debajo de ella. No es difícil recordar la sábana llena de sangre y tan roja como sólo la sangre puede serlo.
Lo primero que se me ocurrió fue llamar a Castillo. Castillo es el encargado de organizar las agendas de todos los profesores de golf. Le dije que había tenido un accidente. No sé por qué no le dije que había sido víctima del atentado de la noche anterior. Le pedí que cancelara todas mis clases, y que el martes, cuando volviera a abrir el club, retomaría las clases con mis alumnos de golf. Creo que no había alcanzado a calcular la gravedad de mis heridas.
Estuve 12 días hospitalizado, esperando a que las quemaduras se cerraran. Procuré no comer, pues por las esquirlas en la cola no me podía sentar en el inodoro, y mucho menos podía hacer en el aire, pues no tenía mis brazos para agarrarme. Los tres meses siguientes tuve que irme al apartamento de mi hermano a vivir para que él cuidara de mí. Como golfista profesional que soy, estuve alejado de las canchas por ocho meses, lo cual resultó en una baja de nivel. Afortunadamente como profesional que soy, no dependo de los torneos, sino de las clases que doy, y eso me permitió retomar mis actividades diarias sin mayor trastorno. Durante mi recuperación me tocó estar un mes en silla de ruedas, y tres más con muletas, lo único bueno de esto era no tener que hacer fila en los bancos. Todavía tengo esquirlas en mi costado derecho. De cuando en vez el cuerpo expulsa alguna, las que no, están a la vista y parecen heridas de guerra, al tocarlas, se siente el metal del que están hechas. Algunas quedaron a milímetros de la columna, esos milímetros de distancia impidieron que quedara cuadripléjico.
María Alejandra recibió varias esquirlas y fracturas de tibia y peroné, pero por lo menos mi cuerpo impidió que 300 más se le clavaran a ella. La hermana de María Alejandra también recibió varias esquirlas, su novio recibió una en el pulmón, pero afortunadamente evolucionó bien. Como dije, a Ximena no le pasó nada.
El 15 de noviembre de 2003, una joven que aún recuerdo haber visto a unas mesas de distancia perdió la vida; otras 2 personas murieron en los hospitales. Como ya dije, de los gringos con las prepagos nunca se supo nada. Seguramente quedaron muy malheridos pues estaban más cerca y de frente a la granada; parece que eran funcionarios de la Embajada, pero nunca se pudo confirmar, pues no figuran en los registros de los hospitales y son un misterio. Dicen que se los llevaron con las prepagos esa misma noche a Estados Unidos y que encubrieron bien la cosa, pues de comprobarse que eran funcionarios de la Embajada, el gobierno americano nos habría tenido que indemnizar a todos, pues los funcionarios de sus embajadas siempre son objetivos militares. Lo único que nos quedó claro de esa noche fue una indemnización que recibimos de dos salarios mínimos y una carta que llegaría días después avisándonos que todo el tratamiento de nuestras heridas sería completamente gratuito y cubierto por el gobierno colombiano. Esa noche quedamos también con una profunda gratitud con esas personas anónimas aún que nos salvaron la vida, y con la certeza de que la muerte ronda entre nosotros y en cualquier momento puede estar buscando nuestros nombres.